Yo no quería escribir la canción más hermosa del mundo.
Y sin embargo, lo estamos haciendo a cuatro manos.
Sin ser conscientes y sin pretenderlo.
Tú cogías los folios
y yo afilaba los lápices.
Tú ponías las mayúsculas y borrabas los puntos finales.
Yo subrayaba palabras y dibujaba exclamaciones en todas las frases.
Cambiabas los colores y rimabas consonantes,
yo inventaba un idioma y buscaba endecasílabos entre tus labios.
Mirábamos de soslayo a las sílabas que se nos escapaban
y corríamos desnudos entre los pliegues de las sábanas.
Enlazando los dedos mientras cosíamos las páginas
se mezclaban besos con tinta azul al capricho de las musas
que pasaban y decidían quedarse enredadas en tu pelo
de lluvia y arcoiris.
Sé que nunca escribiré la canción más hermosa del mundo,
pero también,
que nunca ha habido
una más bonita
que la que nos envuelve cada día
de esta maravillosa locura.
Y sin embargo, lo estamos haciendo a cuatro manos.
Sin ser conscientes y sin pretenderlo.
Tú cogías los folios
y yo afilaba los lápices.
Tú ponías las mayúsculas y borrabas los puntos finales.
Yo subrayaba palabras y dibujaba exclamaciones en todas las frases.
Cambiabas los colores y rimabas consonantes,
yo inventaba un idioma y buscaba endecasílabos entre tus labios.
Mirábamos de soslayo a las sílabas que se nos escapaban
y corríamos desnudos entre los pliegues de las sábanas.
Enlazando los dedos mientras cosíamos las páginas
se mezclaban besos con tinta azul al capricho de las musas
que pasaban y decidían quedarse enredadas en tu pelo
de lluvia y arcoiris.
Sé que nunca escribiré la canción más hermosa del mundo,
pero también,
que nunca ha habido
una más bonita
que la que nos envuelve cada día
de esta maravillosa locura.