Sólo queremos ser barcos en mar en calma
cuando el viento sopla a favor
meciéndonos hacia un horizonte idílico
anaranjado, cálido y acogedor,
como aquellos abrazos que prometen
seguridad, entereza y besos largos y lentos
que duran toda la noche.
El mar se eriza, a veces, sin anunciarse
con el tiempo suficiente para refugiarnos
en algún malecón donde esperar
que pase la tempestad.
La espuma de las olas invade la cubierta,
la lluvia nos golpea la cara
y las velas crujen preguntando
porqué nadie las despertó a tiempo
para ponerse a resguardo del viento que,
minutos antes las acariciaba
y ahora las parte en mil pedazos.
Una voz nos grita que nos pongamos a cubierto,
que escondamos la cabeza bajo las almohadas
y que nos abrochemos los chalecos salvavidas
o volvamos a aquel puerto conocido.
Yo, prefiero gritaros al mar y a ti,
para que me des tu mano
y agarremos el timón,
nos limpiemos juntos la sal de los ojos
y nos curemos las heridas provocadas
por los golpes de todo aquello con los que la tormenta
nos hace notar su presencia.
Quiero que el mar me escueza en las heridas
mientras sonreímos mirándonos
en aquellos momentos en que el barco amenaza con partirse,
sabiendo que volaremos por encima de cualquier naufragio.
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