Porque también hay días en que me pierdo,
que no encuentro el hilo rojo que sujeto y
que recorre el camino que un día imaginé.
También hay días en que todo explota y
me siento polvo soplado desde la esquina
de un mueble viejo y dolorido.
Como las piezas de un puzzle que cae rodando por las escaleras
y reparte sus trozos por la alfombra,
detrás de las patas de las sillas que decoran la entrada de la casa
y aquella esquina olvidada donde nunca llega el sol.
Como fruta caída del árbol donde nació
que se estrella inesperadamente contra el suelo
y se estremece entre sudores de pulpa y grietas de colores ocres,
repartiendo trozos de piel por la tierra que la rodea.
Pero también hay siempre unas manos que agarran las mías
y que huelen como las tuyas y dibujan como las tuyas.
Que saben como las tuyas y acarician como las tuyas.
Que me levantan del suelo y cuidan mis raíces,
mis ramas y mis frutos, que unen mis trozos
y riegan el árbol donde nos columpiamos.
Y nace otro día.
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