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martes, 12 de junio de 2018

Florecer

Hay días en los que la vida nos conduce a transitar bosques oscuros,
a colgarnos de las ramas de los árboles más altos
y a cruzar a nado ríos que arrastran una masa de agua incontrolable.
Durante el camino, hay luces que se encienden y nos permiten
no tropezar con piedras, meter los pies en los agujeros y no pisar a
alguno de los animales que se atreven a desafiar el ritmo descompasado 
de los pasos que lo recorren.
También, a veces se apagan todas y avanzamos a ciegas. En esos casos, sólo me tengo a mi mismo y a tus manos, que vienen a ser lo mismo.
La oscuridad suele producir un efecto que, al menos, a veces, resulta inquietante.
Nos hace pensar y sentir todo lo que no dejamos salir cuando la luz, el ruido, el movimiento a nuestro alrededor nos agitan. Nos permite encontrarnos con la versión más auténtica de nosotros mismos. Con nuestros miedos, nuestras ilusiones, nuestras esperanzas y vacíos, nuestros jardines y nuestros desiertos.
En ocasiones, nos desequilibra, nos zarandea y nos hace temblar, nos quita la piel a tiras para hacernos sentir la carne latente, cálida e indefensa.

También tiene la virtud de hacernos fuertes, de permitirnos llegar a conocer quienes somos en realidad, nuestra esencia más oculta, la forma en la que horadamos la tierra y sentimos el mundo. 
Y mi mundo tiene tu cara y el sonido de tu risa. 
Y así, florecen macetas en la terraza y brillan estrellas en el techo del salón.

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