Llega el otoño y -nosotros- celebramos la nochevieja
dándole la bienvenida a un nuevo año.
Todo huele a libros nuevos, tierra, hojas caídas,
lápices de madera, pegamento y a ese calor que
decide hacerse resistente en las casas cerradas
durante los periodos vacacionales.
Pensábamos en volver a casa, abrir las puertas
y mirar el polvo que flota en suspensión atravesado
por los rayos de sol que las ventanas semicerradas
no son capaces de contener.
Pensábamos en volver a dormir en la cama
que siempre fue nuestra,
en derrochar tiempo, besos y sudor
en cada esquina de todas las habitaciones.
Abrimos la puerta y hay libros abiertos encima de cada mesa,
sillas descolocadas, una muñeca que se quedó sin guardar
y ropa amontonada encima de las camas.
Hay botellas vacías, plantas apurando la última gota de agua,
camas deshechas y montones de cosas por hacer.
Despensas vacías, olor a cerrado y una puerta que gime
cuando el viento la mece con más fuerza de la que es capaz
de aguantar.
Sólo pensábamos en volver a casa sabiendo que siempre estamos en casa
desde que una noche infinitas flores azules nos bañaron
en el abrazo más esperado por el mundo.