Ojalá no me mires nunca sin que se dilaten tus pupilas.
Quiero mirarte en mis ojos con el entusiasmo
de quien descubre el mundo amaneciendo la primera vez
o ve su primera estrella fugaz,
como el que deja escapar una sonrisa porque ha puesto
el primer sello en su pasaporte
en el aeropuerto de Katmandú.
Ojalá no me mires nunca preguntándote
cuál es el camino a casa
o como quien mira un recuerdo que no sabe por qué guarda
en un rincón polvoriento de los cajones de la cabeza.
Ojalá no me mires nunca con otro miedo
que el de la ilusión desconocida
de recorrer 1.000 mundos distintos y 10.000 vidas vírgenes
saltando entre planetas y estrellas que guardaban las plumas azules
de 1.000 vidas anteriores.
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