Una voz recién nacida que llama,
una mano que aprieta un dedo tan nuevo como amado,
un sueño que rompe en llanto (de alegría),
el batir de unas alas en la ventana o contra los petalos de las flores
que las alimentan y en retorno agradecido las multiplican.
Unos labios que saben a café recién hecho tras besar
la boca que lo ha bebido,
una pierna que abraza más fuerte que los brazos más poderosos,
una mirada que se pierde allí donde por fin encontró lo que más buscaba,
una mano de niña a la que le crecen las uñas.
Una piel que huele a sal y a pimienta,
el sabor a trufa negra en la punta de la lengua,
una lágrima que huye alegre cabalgando por los párpados de la vida.
Algo tan tremendamente sencillo y complicado de encontrar
como vivir mirando en la misma dirección.
Unas manos siempre tendidas, unos pies que caminan juntos,
la sangre que se mezcla y crea manadas, clanes, familias.
Que me perdone Ángel González:
Somos. Nos bastamos.
una mano que aprieta un dedo tan nuevo como amado,
un sueño que rompe en llanto (de alegría),
el batir de unas alas en la ventana o contra los petalos de las flores
que las alimentan y en retorno agradecido las multiplican.
Unos labios que saben a café recién hecho tras besar
la boca que lo ha bebido,
una pierna que abraza más fuerte que los brazos más poderosos,
una mirada que se pierde allí donde por fin encontró lo que más buscaba,
una mano de niña a la que le crecen las uñas.
Una piel que huele a sal y a pimienta,
el sabor a trufa negra en la punta de la lengua,
una lágrima que huye alegre cabalgando por los párpados de la vida.
Algo tan tremendamente sencillo y complicado de encontrar
como vivir mirando en la misma dirección.
Unas manos siempre tendidas, unos pies que caminan juntos,
la sangre que se mezcla y crea manadas, clanes, familias.
Que me perdone Ángel González:
Somos. Nos bastamos.
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