Observaba la puerta con la mirada fija, mirando más allá de la madera, como si sus ojos fuesen capaces de desmenuzar cada uno de los átomos que la conformaban y atravesarla para no perder un solo detalle de lo que había buscado con un ansia nunca satisfecha. Giraba la cabeza hacia un lado y otro de la habitación, midiendo las distancias que lo separaban de cada una de las paredes, del marco de la propia puerta y de aquella por la que había entrado. Todo había adquirido un color indescriptible, tan pronto predominaba el dorado como el rojo lo ocupaba todo o un intenso morado se ocupaba de no dejar hueco a nada más.
En sus oídos no paraban de resonar las mismas palabras -¡Entra ya!- , ¡Entra ya!-....Gritó súbitamente, de forma incluso inesperada para él mismo. Fue un grito animal, salido del último rincón de las visceras que le venían quemando desde que la memoria le alcanzaba.
¿Por qué no paro de temblar?
Otra vez la lluvia, otra vez el mismo olor a humedad y a tierra, a barro, a madera mojada....y a flores.
Otra vez la misma imagen en el reverso de los párpados, otra vez los ojos apretados y la sonrisa en la boca, dura al principio, que se suaviza lentamente conforme el oxígeno que entra en sus pulmones le asegura que aquello que una vez imaginó que sucedería, no tenía otra posibilidad que suceder. Recordaba a la niña al tiempo que su mano apretaba el pomo de la puerta. La vio sentada en el suelo, con el cabello negro lleno de rizos indomables, con la mirada fija en él, mezcla de inocencia, ilusión y la sabiduría de quien ya ha visto mucho más de lo que le corresponde. Pero sus labios siempre dibujaban una curva hacia arriba y sus dientes asomaban, blancos, entre los labios carmesí de una boca que parecía dibujada por el pincel más exquisito. Estaba descalza y sus pies rollizos se movían, incapaces de sujetarse a sí mismos siquiera unos minutos. Tenía la cara llena de churretes y eso la hacía áun más hermosa.
Una astilla se clavó en la palma de la mano izquierda, justo allí donde solía apretar fuerte cuando se sentía perdido. No la notó siquiera hasta pasados unos minutos en los que parecía estar reuniendo fuerzas para empujar la última barrera que debía atravesar. De repente, a su mente acudieron las primeras frases de una canción que había olvidado tiempo atrás. Y comenzó a reir, en voz baja, como si se sintiera observado de repente por una multitud extraña. Pero siguió haciéndolo. Cada vez más fuerte, cada vez más libre, cada vez más liberado del peso del camino recorrido hasta llegar allí. Cuando su risa atravesó las paredes, la puerta se abrió.
- Por fin, ahora sé que has llegado.

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