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jueves, 23 de febrero de 2017

La vuelta a casa

Vuelvo a casa.
El olor a madera y pintura aún flota en el salón,
hay ropa tendida y algún juguete que, escondido bajo la silla,
fue lo bastante audaz para pasar las noches fuera de su caja.

Todavía huele a café en la cocina y un rayo de sol se cuela 
hasta la esquina del salón, disfrazando las motas de polvo 
de copos de nieve.
Hay un libro abierto encima de la mesa que ha empezado a pasar las páginas solo y un bolígrafo sobre un cuaderno, descansando tras agradecer que haya pasado aquello que escribió antes de que sucediera. 
Hay restos de carmín en la taza que guarda los restos del último té de la noche.

Bajo las escaleras en silencio, pidiendo a dios (o a quien sea al que hablemos cuando hablamos solos) que baje la presión de la sangre que no me deja escuchar otra cosa mientras intento sentir si tu respiración sigue en la almohada.

No encuentro nada, ni la ropa que dejamos caer por el camino, ni la luz de la cocina encendida ni las toallas enredadas tras la última ducha empañada de vapor...

Su voz resuena en mi cabeza repitiendo constantemente que no podíamos tener otro final, por eso mis manos tiemblan y no encuentran el interruptor de la luz. 
En el espejo sigue escrito aquello que nunca dejé de creer y miro la nevera que me pregunta por qué dejamos de arrodillarnos allí.

Mis pies lanzan los zapatos mientras me desnudo. Dejo fuera el barro de la lluvia que no ha parado de caer y suavemente me deslizo entre las sábanas. 
Cierro los ojos y el ruido se calla.

Siento tu respiración, el olor a pan y especias de tu nuca, a sal y mar y canela, el calor que despiden tus muslos.
Estoy en casa.
Respiro. 
Sonrío.
(Eres.
 Me basta*)

lunes, 20 de febrero de 2017

Ya es tarde

Nunca supe de letras 
ni de papeles escritos que llenaban los bolsillos de mis pantalones,
quizás nunca aprendí nada que estuviera en los libros
que me regalaban,
pero me gustaba creer que sí,
soñar que sí
soñar que sabía, que aprendía,
que vivía un mundo donde el blanco y negro, a veces, 
cambiaba a color con sólo levantarme
a darle un golpe al lateral de la televisión.

Me gustaba creer que sí, 
que un día pasaría,
que nunca aprendería lo que decían que tenía que aprender
y sí lo que me hacía sonreir con la boca rebosante de dientes,
que cuando cerrara los ojos me transportaría
y me encontraría de repente resbalando
por las caderas de tus montañas,
por el lienzo blanco de nieve al que nuestras lenguas
le robaban los copos vírgenes que caían lentamente del cielo.
  
Y eso pasaba a veces, 
veces en las que me gustaba creer que sí
que era posible que se abriese la puerta y se inundara todo 
de cajas, de libros, de maletas, de papel pintado 
e incluso un gato de peluche que se durmiera entre los cojines del sofá.

¿Sabes? me gustaba creerlo,
como me gustaba creer que inventaría todos los cuentos del mundo 
y que el tiempo era un invento para organizarnos la vida,
que los cajones se quedarían pequeños y la cama gigante.   

Y ahora, de repente,ya es tarde.

Ya es tarde
 para aprender a creer en otra cosa.
Seguiré creyendo que, algún día, se deslizarán escaleras abajo
cajas, libros y maletas 
y que un gato de pelucha se acurrucará entre los cojines del sofá
al tiempo que se hace enorme la cama.
 
     

lunes, 13 de febrero de 2017

Todo

Unos pasos en el techo,
Una puerta que se abre,
El roce de unos pies descalzos sobre la madera,
El sonido del agua al resbalar de la piel.

Una mañana cualquiera que dejó de serlo,
Unas sábanas que se caen al suelo,
Olor a café en el pasillo
Y el vaho que cubre los azulejos.

Unos dedos traviesos,
Una sonrisa que se resbala por la comisura de sus labios,
Dos palabras que salen de la boca del estómago.

Cuando abrió los ojos tenía la historia del mundo escrita en sus pupilas
Y me vio leyéndola.

viernes, 3 de febrero de 2017

(II)


El decía que sabía volar.
Ella, que estaba segura de eso. 

El decía que sus alas eran de color azul.
Ella, que eran las más brillantes que había visto.

El decía que volarían de la mano.
Ella, lo miraba sonriendo. 

Cuando estaba al borde del precipicio,
Ella lo empujó para verlo volar.
Cuando al caer vio que ella lo había empujado
No encontró razones para abrir las alas.