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lunes, 20 de febrero de 2017

Ya es tarde

Nunca supe de letras 
ni de papeles escritos que llenaban los bolsillos de mis pantalones,
quizás nunca aprendí nada que estuviera en los libros
que me regalaban,
pero me gustaba creer que sí,
soñar que sí
soñar que sabía, que aprendía,
que vivía un mundo donde el blanco y negro, a veces, 
cambiaba a color con sólo levantarme
a darle un golpe al lateral de la televisión.

Me gustaba creer que sí, 
que un día pasaría,
que nunca aprendería lo que decían que tenía que aprender
y sí lo que me hacía sonreir con la boca rebosante de dientes,
que cuando cerrara los ojos me transportaría
y me encontraría de repente resbalando
por las caderas de tus montañas,
por el lienzo blanco de nieve al que nuestras lenguas
le robaban los copos vírgenes que caían lentamente del cielo.
  
Y eso pasaba a veces, 
veces en las que me gustaba creer que sí
que era posible que se abriese la puerta y se inundara todo 
de cajas, de libros, de maletas, de papel pintado 
e incluso un gato de peluche que se durmiera entre los cojines del sofá.

¿Sabes? me gustaba creerlo,
como me gustaba creer que inventaría todos los cuentos del mundo 
y que el tiempo era un invento para organizarnos la vida,
que los cajones se quedarían pequeños y la cama gigante.   

Y ahora, de repente,ya es tarde.

Ya es tarde
 para aprender a creer en otra cosa.
Seguiré creyendo que, algún día, se deslizarán escaleras abajo
cajas, libros y maletas 
y que un gato de pelucha se acurrucará entre los cojines del sofá
al tiempo que se hace enorme la cama.
 
     

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