Vuelvo a casa.
El olor a madera y pintura aún flota en el salón,
hay ropa tendida y algún juguete que, escondido bajo la silla,
fue lo bastante audaz para pasar las noches fuera de su caja.
Todavía huele a café en la cocina y un rayo de sol se cuela
hasta la esquina del salón, disfrazando las motas de polvo
de copos de nieve.
Hay un libro abierto encima de la mesa que ha empezado a pasar las páginas solo y un bolígrafo sobre un cuaderno, descansando tras agradecer que haya pasado aquello que escribió antes de que sucediera.
Hay restos de carmín en la taza que guarda los restos del último té de la noche.
Bajo las escaleras en silencio, pidiendo a dios (o a quien sea al que hablemos cuando hablamos solos) que baje la presión de la sangre que no me deja escuchar otra cosa mientras intento sentir si tu respiración sigue en la almohada.
No encuentro nada, ni la ropa que dejamos caer por el camino, ni la luz de la cocina encendida ni las toallas enredadas tras la última ducha empañada de vapor...
Su voz resuena en mi cabeza repitiendo constantemente que no podíamos tener otro final, por eso mis manos tiemblan y no encuentran el interruptor de la luz.
En el espejo sigue escrito aquello que nunca dejé de creer y miro la nevera que me pregunta por qué dejamos de arrodillarnos allí.
Mis pies lanzan los zapatos mientras me desnudo. Dejo fuera el barro de la lluvia que no ha parado de caer y suavemente me deslizo entre las sábanas.
Cierro los ojos y el ruido se calla.
Siento tu respiración, el olor a pan y especias de tu nuca, a sal y mar y canela, el calor que despiden tus muslos.
Estoy en casa.
Respiro.
Sonrío.
(Eres.
Me basta*)
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