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miércoles, 31 de enero de 2018

Estar en casa

Estar en casa es 
tu mano sobre la mejilla
Mientras estudias,
Los libros repartidos
En las esquinas de las mesas, 
Amontonados en la estanteria
o apoyados en la pata de la cama. 
Es nuestros pies liados
Bailando una canción lenta, 
De las que se bailan agarrados
 por la cintura 
Y con la cabeza apoyada en el pecho. 
Estar en casa es sentir 
que nada más que la vida
Puede entrar por la puerta.
Es una cama que dura hecha 
sólo el tiempo de volver a dejar caer el edredón
Al suelo mientras volamos sobre ella.
Estar en casa
Es preguntarme qué hago
Mientras escribo ésto  y
Pienso que,  estar en casa, 
Es estar en cualquier lugar del mundo 
En el que tú abras la puerta. 

martes, 16 de enero de 2018

Ya no hay monstruos bajo la cama (II)

Ya no hay monstruos bajo la cama.
En realidad, nunca los hubo.
Aprendieron a esconderse en lugares diferentes,
en las cajas de los zapatos de invierno,
en el cajón de las bufandas
o en el bolsillo de aquellos vaqueros que hace siglos que no usas.
Ahora ya no están ocultos en ningún sitio.
Algunos corren entre los pliegues de las sábanas,
saltan a la comba en el hueco de la almohada
o susurran en mi oreja el nombre del viento
mientras corren disparados para que no los pille.
Hay unos cuantos que disfrutan escondiéndome las cosas
y vaciando los botes champú.
Otros, cierran el agua caliente cuando estoy en la ducha
(los escucho reir, entre gritos y maldiciones que salen 
de mi boca cuando el chorro de agua fría se inserta en mi columna).
Alguno perezoso hay, que pasa toda la vida tumbado en la cama
esperando que yo duerma para enfriarme los pies.
Les gusta el frío y han convertido la pared en escarcha.
Ríen a escondidas y no me dejan dormir más de una hora seguida
deslizando cubitos de hielo sobre mi garganta.
Ya no hay monstruos bajo la cama, 
simplemente están por toda la casa.
Hay copos de nieve dentro de los zapatos y
la estufa ya no funciona.
Hace frío y el invierno se ha colado de repente 
ocupándolo todo con hielo, nieve, escarcha 
y ese viento que, hagas lo que hagas, siempre
consigue enfriarte el cuello.
Hay uno que, a escondidas, me regala un café caliente
que debo beber rápido para que no lo pillen.
y que,  con cierta tristeza, recuerda que hasta ahora, 
la primavera siempre vuelve y me pide que cuando eso pase,
le guarde un huequecito.

lunes, 15 de enero de 2018

Cuando la tierra era plana

Cuando la tierra era plana (porque sí, porque la tierra antes era plana hasta que de un bostezo se dio la vuelta sobre si misma y se quedó con forma de pelota de goma), el agua caía por los lados formando cataratas que convertían el universo en un vergel de estrellas, constelaciones, lunas, planetas, cometas y algunos astronautas que, decidieron no regresar cuando encontraron aquel juego perpetuo.

Cuando la tierra era plana, las personas no tenían miedo a caerse ni andaban cabeza abajo. Los peces saltaban en constantes piruetas sobre la espuma blanca de las olas desafiando a las sirenas en una competición de altura (siempre ganaban los peces porque a las sirenas les gustaba ver como se les ponían los ojillos rojos cuando se estiraban hacia el cielo). Las aves volaban alto, incluso se posaban a descansar en los rayos del sol que se extendía ante ellas, como refugio y reposo, principalmente en los meses en que el invierno soplaba fuerte (el invierno es una nube gigante que echa aire frío por la boca hasta que se agota y se vuelve a casa a coger fuerzas, que es cuando la primavera aprovecha para hacerse fuerte).

Cuando la tierra era plana, estaba llena de árboles y los ríos siempre rebozaban de agua. Los bosques silbaban canciones, sobre todo durante el otoño, mientras iban colocando sus hojas en el suelo construyendo un mosaico perfecto. La nieve era dulce y se dejaba morder, y los duendes blancos construían muñecos de nieve durante la noche para que los niños jugaran.

Cuando la tierra era plana, yo volaba de punta a punta y bebía el agua que caía por cada extremo. Me sumergía en la profundidad del mar para conversar con los tritones y esconderle el tridente a Poseidón, quien siempre simulaba que se enfadaba muchísimo pero los días en que no lo hacía preguntaba si nadie iba a cogerlo.

Un día la tierra bostezó. Era la primera vez que ocurría y ninguna de las criaturas que la habitaban supieron reaccionar. Algunas cayeron al espacio y se quedaron flotando para siempre, sin rumbo, sin luz, sin destino. Otras se escondieron bajo el fondo del mar y se declararon extinguidas a sí mismas para que nadie las asustara de nuevo. Los duendes dejaron de fabricar muñecos para los niños que, cuando dejaron de verlos empezaron a crecer y se hicieron adultos llenos de dudas, miedos y recelos. El sol dejó de ofrecer abrigo y calor para ocuparse sólo de defenderse de lo que tenía alrededor.

Yo perdí el color de mis alas.  Y, a veces, no recuerdo como se utilizan.

viernes, 12 de enero de 2018

Nunca fuimos tú y yo

Así era, torbellino de emociones,
marea blanca que baña de espuma 
las orillas de los caminos 
que recorría de memoria.
De mirada entrante y paso firme
que tiembla a cada latido,
de piel cálida que congela cada hueco en que no está.
Entre sonrisas, alguna lágrima le asoma 
cuando se emociona al vivir
aunque a ella nadie la ve nunca llorar.
De pan caliente, que rebaña 
hasta el ultimo suspiro de vida que queda en el plato
antes de llevarlo a mi boca para comérselo todo,
-que hay mucha hambre y la comida nunca se tira -,
de comer a dos manos los dedos de nuestras manos zurdas, 
de caernos hacia atrás para sentirnos más altos que nunca,
niña menguante, que crece a cada sonrisa 
mientras tu nariz un día llega a mi hombro 
y al instante siguiente a mi boca, 
-tantos años esperándote-
para llenarla de besos 
y vaciarla de vacíos.

Así ella dejó de ser de ella, para pasar a ser tú.
Tú, que duraste el tiempo que tardé 
en mirar a través de la puerta por la que entrabas,
te convertiste en nosotros al mirar por el cristal de una ventana.
Yo, que dejé de ser él, para pasar a ser yo.
Yo, que duré el tiempo que tardaste en mirar desde la puerta por la que entrabas,
me convertí en nosotros al mirar por el cristal de la ventana
por la que tú mirabas.