Ya no hay monstruos bajo la cama.
En realidad, nunca los hubo.
Aprendieron a esconderse en lugares diferentes,
en las cajas de los zapatos de invierno,
en el cajón de las bufandas
o en el bolsillo de aquellos vaqueros que hace siglos que no usas.
Ahora ya no están ocultos en ningún sitio.
Algunos corren entre los pliegues de las sábanas,
saltan a la comba en el hueco de la almohada
o susurran en mi oreja el nombre del viento
mientras corren disparados para que no los pille.
Hay unos cuantos que disfrutan escondiéndome las cosas
y vaciando los botes champú.
Otros, cierran el agua caliente cuando estoy en la ducha
(los escucho reir, entre gritos y maldiciones que salen
de mi boca cuando el chorro de agua fría se inserta en mi columna).
Alguno perezoso hay, que pasa toda la vida tumbado en la cama
esperando que yo duerma para enfriarme los pies.
Les gusta el frío y han convertido la pared en escarcha.
Ríen a escondidas y no me dejan dormir más de una hora seguida
deslizando cubitos de hielo sobre mi garganta.
Ya no hay monstruos bajo la cama,
simplemente están por toda la casa.
Hay copos de nieve dentro de los zapatos y
la estufa ya no funciona.
Hace frío y el invierno se ha colado de repente
ocupándolo todo con hielo, nieve, escarcha
y ese viento que, hagas lo que hagas, siempre
consigue enfriarte el cuello.
Hay uno que, a escondidas, me regala un café caliente
que debo beber rápido para que no lo pillen.
y que, con cierta tristeza, recuerda que hasta ahora,
la primavera siempre vuelve y me pide que cuando eso pase,
le guarde un huequecito.
En realidad, nunca los hubo.
Aprendieron a esconderse en lugares diferentes,
en las cajas de los zapatos de invierno,
en el cajón de las bufandas
o en el bolsillo de aquellos vaqueros que hace siglos que no usas.
Ahora ya no están ocultos en ningún sitio.
Algunos corren entre los pliegues de las sábanas,
saltan a la comba en el hueco de la almohada
o susurran en mi oreja el nombre del viento
mientras corren disparados para que no los pille.
Hay unos cuantos que disfrutan escondiéndome las cosas
y vaciando los botes champú.
Otros, cierran el agua caliente cuando estoy en la ducha
(los escucho reir, entre gritos y maldiciones que salen
de mi boca cuando el chorro de agua fría se inserta en mi columna).
Alguno perezoso hay, que pasa toda la vida tumbado en la cama
esperando que yo duerma para enfriarme los pies.
Les gusta el frío y han convertido la pared en escarcha.
Ríen a escondidas y no me dejan dormir más de una hora seguida
deslizando cubitos de hielo sobre mi garganta.
Ya no hay monstruos bajo la cama,
simplemente están por toda la casa.
Hay copos de nieve dentro de los zapatos y
la estufa ya no funciona.
Hace frío y el invierno se ha colado de repente
ocupándolo todo con hielo, nieve, escarcha
y ese viento que, hagas lo que hagas, siempre
consigue enfriarte el cuello.
Hay uno que, a escondidas, me regala un café caliente
que debo beber rápido para que no lo pillen.
y que, con cierta tristeza, recuerda que hasta ahora,
la primavera siempre vuelve y me pide que cuando eso pase,
le guarde un huequecito.
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