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lunes, 24 de octubre de 2016

CUANDO ESTABA A PUNTO DE DECÍRTELO SE ME ADELANTÓ MI SONRISA...

Nadie hablaba de el mientras acudía diariamente. Se sentaba, hablaba poco, escuchaba a todos, a veces, sentía la tentación de encender un cigarrillo aunque no le gustase fumar. Le gustaba pensar que alguien le ofrecía un whisky con hielo. Miraba a los ojos de todos, reía intensamente e incluso en ocasiones lloraba de emoción cuando el corazón le galopaba en el pecho. A ratos cantaba en voz baja. Desbordaba entusiasmo a cada paso que daba. Ojalá lo hubieran visto antes. Ojalá alguien se hubiera acercado a decirle que no dejara de ir, a ponerle ese vaso de whisky en la mano mientras él, flojito, leía alguna poesía para si mismo y los que estaban cerca lo observaban expectantes porque los hacia vibrar sin que entendieran los motivos. Ojalá esa persona que siempre se sentaba al lado le hubiera dicho que la vida era especial desde que sin esperarlo, apareció allí, que nunca se fuera solo porque los días en que no estaba parecían huecos. Ojalá le hubiera cogido la mano y le hubiera hecho sentir que la felicidad podría tener su nombre si hubiera decidido acompañarlo.
Pero no lo hizo.
Se hizo amigo de las huellas del camino de vuelta a casa, del viento que soplaba y juguetón, le hacía estornudar. De algunas estrellas y de la oscuridad de la noche.
Un día dejo de ir. Era feliz, había llegado hasta allí viviendo intensamente cada instante, jugando como un niño de cinco años con la nieve recién caída. No tenía deudas consigo mismo y sí lleno el tarro de ilusiones.
Desde ese día nada volvió a ser lo mismo. Algunos llenan vasos de whisky y no encuentran a quien ofrecérselo, hay manos que encienden cigarrillos que ninguna boca llega a fumar. Las cabezas se giran creyendo oír tararear canciones que conocen aunque no saben de qué. Incluso hay quien cree oír al viento recitar poesía.
Todos acaban mirando el hueco vacío donde antes una sonrisa y unos ojos cargados de entusiasmo les invitaban a exprimir la vida sin que se atrevieran.

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