Nadie hablaba de el mientras acudía diariamente. Se sentaba, hablaba
poco, escuchaba a todos, a veces, sentía la tentación de encender un
cigarrillo aunque no le gustase fumar. Le gustaba pensar que alguien le
ofrecía un whisky con hielo. Miraba a los ojos de todos, reía
intensamente e incluso en ocasiones lloraba de emoción cuando el corazón
le galopaba en el pecho. A ratos cantaba en voz baja. Desbordaba
entusiasmo a cada paso que daba. Ojalá lo hubieran visto antes. Ojalá
alguien se hubiera acercado a decirle que no dejara de ir, a ponerle ese
vaso de whisky en la mano mientras él, flojito, leía alguna poesía para
si mismo y los que estaban cerca lo observaban expectantes porque los
hacia vibrar sin que entendieran los motivos. Ojalá esa persona que
siempre se sentaba al lado le hubiera dicho que la vida era especial
desde que sin esperarlo, apareció allí, que nunca se fuera solo porque
los días en que no estaba parecían huecos. Ojalá le hubiera cogido la
mano y le hubiera hecho sentir que la felicidad podría tener su nombre
si hubiera decidido acompañarlo.
Pero no lo hizo.
Se hizo amigo
de las huellas del camino de vuelta a casa, del viento que soplaba y
juguetón, le hacía estornudar. De algunas estrellas y de la oscuridad de
la noche.
Un día dejo de ir. Era feliz, había llegado hasta allí
viviendo intensamente cada instante, jugando como un niño de cinco años
con la nieve recién caída. No tenía deudas consigo mismo y sí lleno el
tarro de ilusiones.
Desde ese día nada volvió a ser lo mismo.
Algunos llenan vasos de whisky y no encuentran a quien ofrecérselo, hay
manos que encienden cigarrillos que ninguna boca llega a fumar. Las
cabezas se giran creyendo oír tararear canciones que conocen aunque no
saben de qué. Incluso hay quien cree oír al viento recitar poesía.
Todos acaban mirando el hueco vacío donde antes una sonrisa y unos ojos
cargados de entusiasmo les invitaban a exprimir la vida sin que se
atrevieran.
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