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sábado, 29 de octubre de 2016

Lluvia desde la ventana

Clap, clap, clap....sonaban sus pisadas sobre las calles mojadas de una ciudad cualquiera. Clap, clap, clap....sonaba la lluvia sobre los charcos rotos a cada paso que daba. Clap, clap, clap....resonaban en sus oídos cada gota que golpeaba su cabeza.
Apenas unas débiles luces alumbraban las calles. Lo suficiente para no chocar en cada esquina al mismo tiempo que no le permitían identificar donde se encontraba. Tampoco parecía importarle demasiado. Sabía donde quería estar pero desconocía el camino. Seguía firme, con los ojos apretados mirando hacia delante a pesar de los interrogantes que surgían al doblar cada esquina. Sus dedos se cerraban en sus manos cada vez con más fuerza y sentía como se clavaban las uñas en las palmas hasta notar el calor de la sangre que empezaba a brotar. Le gustaba. Le hacía sentirse vivo. 
Empapado, con la ropa pegada a la piel como parte de ella y los huesos calados, se sentó en un escalón donde parecía que la tormenta había decidido guardarle unos segundos de tranquilidad. Allí volvió a pensar en si volver atrás... No, en su pecho latía una determinación y un convencimiento que ninguno de los miedos que habían bailado a su alrededor consiguieron siquiera hacer temblar.
De repente, oyó un ruido y vio un gato correr. Pensó en bombón sin ser consciente durante unos segundos. El gato bombón se escuchó decir en voz alta....y comenzó a reír a carcajadas, con la fuerza del que descubre por primera vez el poder de la risa. Vine para quedarme, sentenció, hablando para sí mismo y para quien llevaba tanto buscando. Volvío a experimentar el calor de la sangre en las palmas de las manos al clavar sus uñas en ellas.

Se levantó lentamente del escalón y clavó los ojos al final de la calle donde se encontraba. Había una pequeña ventana tras la que brillaba, suavemente, una luz diminuta (una luciérnaga azul aleteó dentro de su cabeza) que dibujaba siluetas desconocidas que al mismo tiempo eran las mismas que se le llevaban apareciendo en sueños desde hacía 400 años. La bombilla de una farola soltó un gemido y antes de explotar reflejó su sombra entre los desconchones de la pared. Si alguien hubiera estado observando, hubiera visto dos alas de color azul que sólo su sombra desplegaba mientras el se secaba la cara con las manos ajeno a lo que ella hacía.


Sabía que era esa puerta a la que debía dirigirse. Que detrás de ella empezaría a encontrar preguntas a las respuestas que ya tenía. Sólo en ese momento, a su garganta subieron palabras que no tuvo fuerza para pronunciar aún sabiendo que no lo escuchaban más que sus propios miedos e ilusiones (que, a veces, coinciden y se reflejan, y se cogen de la mano para decidir cual de ellos decide lo que somos).
Empezó a caminar, tembloroso, pero con la firmeza de no dejar la vida pasar sin pasar antes por ella. Estaba allí, había encontrado el lugar y pensaba atravesar la puerta incluso con todos los miedos colgados de sus brazos (o bien, saltar por encima de ellos a piola, como cuando no existían). A cada paso, sus piernas pesaban más y su respiración se volvía más acelerada y densa a la vez. Los primeros parecían fundirse en el asfalto de la calle del esfuerzo que le suponía despegar los pies del suelo. El segundo resultó más fácil que el primero y al tercero ya no sentía siquiera el roce. Con cada uno, el peso de sus brazos iba haciéndose más liviano y en su garganta se arremolinaban, sin parar de girar, emociones que nacían del centrifugado que sentía en la boca del estómago. 

Llegó por fin a la puerta. Justo al lado, un coche rojo. Con la mano temblorosa, se decidió a llamar. Al otro lado unas pisadas le anunciaron que, sin ninguna duda al respecto, había encontrado el lugar y a la persona que buscaba (¿qué son 400 años en 10000 vidas?). La puerta se abrió ligeramente para dejar entrever unos ojos que miraban con toda la profundidad del universo y todo lo que había alrededor quedó difuminado como en una fotografía lo que está fuera de foco.
Miró despacio, con miedo a no ser reconocido y a recibir un adiós antes de que sus ojos pudieran grabar en su memoria ese momento. Vacilando todavía por la sorpresa, comenzó a hablar.
- Ya estoy aquí. No volveré a irme de tu vida salvo que tú lo quieras

La puerta se abrió del todo y sonrió. 

Cap.1: ya no hay monstruos bajo la cama.

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