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lunes, 31 de octubre de 2016

Tiemblo cada vez que suena la puerta...

Y al abrir la puerta...

Contaban las vecinas de su calle que la encontraron en una cesta debajo de las sillas de un cine. Lloraba con rabia a la vida, con el alma asomándole entre los dientes y los ojos rojos. Buscaba su sitio y quería hacerse notar. Nació gritando, quizás por eso cuando se hizo mayor se olvidó de como se hacía. Era distinta, tenía la historia de la Tierra escrita en sus ojos y la curva del mar en los labios. Brillaba, de una manera tan auténtica que nunca fue consciente de que lo hacía.
Adoraba correr descalza por las calles y miraba fijamente las tapas de los libros antes de abrirlos y devorarlos, reteniendo párrafos e información completamente heterogenea y aparentemente desconcertante por la carencia de un nexo común.
Se sentaba en el bordillo de la acera a comer salchichas crudas y a jugar con los gatos. En cierto sentido, se sentía uno de ellos. Se revolcaba con los más pequeños llenando su piel de polvo y arañazos. Y sonreía. Sonreía constantemente, por todo y a todos.

Le gustaban los días de lluvia y amaba los lunes por la mañana.  

Aquella noche había estado mirando por la ventana como se formaban los charcos en los bordes de la calle, y se sentía inquieta. Miraba el reloj de forma compulsiva y tarareaba una vieja canción una y otra vez. Su cuerpo presentía que iba a pasar algo aunque ella no entendía por qué no se sentía capaz de sentarse treinta segundos seguidos. Al fondo, la luna intentaba abrirse paso entre el ejercito de nubes que seguía arrojando agua al mundo.


Empezó a temblar repentinamente y saltó de la silla sintiendo un impulso irrefrenable de abrir la puerta. Llegó hasta ella y giró el pomo con violencia, incluso con ansía...detrás sólo la lluvia y los primeros rayos de luna que consiguieron filtrarse hasta el suelo... Se rió de si misma, y volvió dentro luchando contra el instinto que le pedía correr por las calles y llenarse de agua y barro. Se sentía completamente animal en ese momento, su corazón latía cada vez más rápido y su respiración se aceleraba, hinchando y y deshinchando su pecho. Quería salir de allí, encontrar aquello que hacía que sus pupilas hubieran empezado a dilatarse, sentirse primaria y viva como cuando era loba y corría libre por los bosques.

 Perdida en ese delirio vital, sonó la puerta. La lluvia caía fina y suave, y la luna, por fin, se había hecho dueña de la noche. Sus músculos se tensaron y respiró profundamente. Sabía que el momento había llegado. Desde que tenía 9 años y subió al coche rojo que estaba aparcado en la esquina, sabía que esto iba a suceder. Pero, ¿qué es esto en realidad?, ¿qué llevo toda la vida esperando?. Su cabeza bullía entre innumerables preguntas para las que no encontraba respuesta. Las miles de páginas leídas, subrayadas y llenas de anotaciones por las que había viajado en cientos de libros, no le daban ninguna respuesta que calmara su ritmo cardiaco. Se acercó a la puerta, despacio, sin saber cuanto tiempo había transcurrido desde que escuchó el primer golpe. Segundos u horas, pensó....mientras repasaba toda su vida detrás de sus córneas. Agarró el pomo y antes de abrirla del todo escuchó por primera vez una voz que conocía desde siempre... 

 "Ya estoy aquí. No volveré a irme de tu vida salvo que tú lo quieras."

Cap. 2: ya no hay monstruos bajo la cama.

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