La vida.
Deseo. Los tés cargados.
Dar la vuelta al mundo en 36 minutos,
ver llover a través de un cristal,
sacar el pie de debajo de las mantas
y llegar tarde (o temprano) porque el tiempo pierde su razón de ser
cuando miramos en la misma dirección.
La ventana. Arrodillarnos.
Respirar el mismo aire en ese instante en que dos
no pueden ser más que uno.
(Cenar en la escalera)
Alimentarme del sudor de tu piel desnuda,
del calor del invierno entre las sábanas de cualquier lugar desconocido
que vuelves hogar con sólo ocuparlo.
Probar el café en los labios.
Caer al suelo y sentirlo como el colchón más blando
si tu risa y tus ojos abiertos son los que me agarran al hacerlo.
Aprender y crecer juntos y no tener nunca más de 5 años.
Soñar un jardín, dos perros, libros en cada esquina
y la playa.
Una cama verde agua y olor a pan quemado al despertar.
Asustarnos con la vida y mirarnos en los ojos del otro para reirnos del miedo.
Saltar al vacío cogido de tu mano izquierda mientras caminas descalza
sobre brasas ardientes .
Dibujarla mil veces al día.
Los pies al dormir.
Preguntar ¿qué sueño yo ahora si se me quedaron cortos?....
Daniela.
La vida.
Escribir era abrir una herida para que saliera la sangre que sobraba. Mi vida nunca fue más que la eterna ilusión de no ser un cúmulo de puntos suspensivos...
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jueves, 24 de noviembre de 2016
lunes, 21 de noviembre de 2016
Amanecer
Ya no habrá más auroras que las que traiga el anochecer.
Silencioso recuerdo de un amanecer en que no salió el sol.
Brillantes las hojas de los sauces y el resplandor de la luna...
Tan sólo me falta un nombre al que quiera llamar el corazón.
Pétalos mordidos a ambos lados del camino,
Ladera abajo corría un gorrión hacia su falda
Y las alas le pesaban y se mordía las plumas
Arrancándolas con rabia mientras lloraba.
Tras sus pasos, una risa en el vacío
Y un relámpago que lo ilumina. Se cerraron los balcones....
Y las cortinas echadas con las luces apagadas....
Y los ojos asustados,y el pecho vibrante inerte de las pasiones...
Miedo....y un tango que bailan unos pies descalzos
Con una rosa en la boca que hace sangrar los labios.
Lágrimas que grana el suelo volvieron
Y pisadas que las borraban.
Jirones de voces que traía el aire a las ventanas verdes
Donde unos ojos esperaban la noche llegar.
En las calles vacías se amontonaban los fantasmas
Bañando de blanca sangre las sábanas de sus vidas
Y un gorrión que volaba sin alas.
Donde unos ojos esperaban la noche llegar con la voz temida.
Encerrada en túnica ocre la noche llegó
Donde unos ojos la esperaban llegar.
Y los ojos buscaban el negro en las ventanas verdes...
Y las alas de un gorrión para escapar.
Pero las ventanas se cerraron y no hubo noche,
Ni gorrión, ni alas, ni túnica ocre ni negro.
Y callaron los fantasmas y las lágrimas y las pisadas.
Y así, mi amanecer volvió al cielo.
Silencioso recuerdo de un amanecer en que no salió el sol.
Brillantes las hojas de los sauces y el resplandor de la luna...
Tan sólo me falta un nombre al que quiera llamar el corazón.
Pétalos mordidos a ambos lados del camino,
Ladera abajo corría un gorrión hacia su falda
Y las alas le pesaban y se mordía las plumas
Arrancándolas con rabia mientras lloraba.
Tras sus pasos, una risa en el vacío
Y un relámpago que lo ilumina. Se cerraron los balcones....
Y las cortinas echadas con las luces apagadas....
Y los ojos asustados,y el pecho vibrante inerte de las pasiones...
Miedo....y un tango que bailan unos pies descalzos
Con una rosa en la boca que hace sangrar los labios.
Lágrimas que grana el suelo volvieron
Y pisadas que las borraban.
Jirones de voces que traía el aire a las ventanas verdes
Donde unos ojos esperaban la noche llegar.
En las calles vacías se amontonaban los fantasmas
Bañando de blanca sangre las sábanas de sus vidas
Y un gorrión que volaba sin alas.
Donde unos ojos esperaban la noche llegar con la voz temida.
Encerrada en túnica ocre la noche llegó
Donde unos ojos la esperaban llegar.
Y los ojos buscaban el negro en las ventanas verdes...
Y las alas de un gorrión para escapar.
Pero las ventanas se cerraron y no hubo noche,
Ni gorrión, ni alas, ni túnica ocre ni negro.
Y callaron los fantasmas y las lágrimas y las pisadas.
Y así, mi amanecer volvió al cielo.
sábado, 19 de noviembre de 2016
De vuelta a casa
Sólo se interponía una puerta entre ellos. Tantos pasos dados, tantos caminos recorridos, tantas vueltas sobre sí mismos y, por fin, sólo esa puerta para descubrir aquello que,sin saberlo, habían estado buscando todas sus vidas.(Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos").
La noche había teñido de negro un cielo preñado de nubes azules y rojas, como las que dibujaba el horizonte desde la ventana a través de la que siempre se ve el infinito . Los pies se habían agarrado a las raíces del suelo, allí donde termina la tierra y las calderas del mundo no paran de inventar historias nuevas para que siga girando. Se sentían a través del hueco de una cerradura que nunca tuvo llave que la mantuviera echada. Extendían las manos y chocaban contra la madera sin terminar de atreverse a cruzarla. No hay momento más difícil en la vida del ser humano que aquel en el que tiene que tomar la decisión de ser feliz y vivir lo que ha soñado.
Rompió a llover de nuevo. El sonido del agua contra los cristales se convertiría en algo similar a una banda sonora orquestada por la misma naturaleza de una historia donde la magia está en las palmas de las manos. Del interior de la casa salía el eco de unos pasos caminando en diferentes direcciones, nerviosos, rápidos, como los de quien sabe donde debe dirigirse pero teme llegar demasiado pronto o demasiado tarde. Poco a poco el silencio volvió a ocuparlo todo. No hubo más lluvia ni viento que arrastrara las flores moradas de los árboles. Las estrellas dejaron de alumbrar conteniendo la respiración y todo fue oscuridad durante unos minutos que explicaron aquello para lo que nunca había habido explicación. La fotografía de un electrocardiograma había pintado anticipadamente lo que ocurría desde que el mundo decidió empezar a girar en sentido contrario.
La puerta se abrió y dos cuerpos parados frente a frente se confundieron entre temblores, abrazos, palabras antiguas que sólo a partir de ahí empezaron a a tomar significado, miedos y la convicción más absolutamente plena de que,a veces, los sueños se iban a quedar cortos.
Durante el tiempo que duró ese instante, se sucedieron todas las estaciones. Florecieron los cerezos y cayeron los primeros copos de nieve sobre dos niños de 5 años. Su boca sólo podía pronunciar la misma frase que al llegar ante la puerta..."ya estoy aquí, no volveré a irme".
Cuando las flores de los cerezos empezaron a caer, sintió sus brazos deshaciéndose de su piel. Y antes de poder abrir los ojos escuchó el sonido de una puerta cerrándose a su espalda y una voz que hablaba desde el otro lado.... Sólo era capaz de pedirle perdón en silencio por haber querido llegar antes y no haber sabido hacerlo.
Antes nos buscábamos solos, ahora nos buscamos en nosotros.
Cap.5: Ya no hay monstruos bajo la cama.
lunes, 14 de noviembre de 2016
Siempre volveré
Siempre volveré. Esa frase se clavaba en el centro de su garganta sin llegar a pronunciarla.
La niña jugaba haciendo flotar un trozo de madera en un charco lleno de barro. Imaginaba que se subían en él y se alejaban de todo aquel olor a humo, fango, tierra mojada y vidas usadas. Parecía no ser plenamente consciente de lo que había sucedido pero en el fondo de sus ojos se adivinaba la verdad de la existencia. Que maravillosa contradicción, pensaba, y que hermoso descubrir la inocencia del nacimiento en aquellas pupilas inquietas que saltaban de un sitio a otro cuando se olvidaba de la tristeza que la recubría. Había momentos en que parecía tener 100 años y, otros, en que sólo era la niña que lo miraba pidiéndole que le contara historias tumbados al cobijo del fuego antes de dormir.
Con timidez, intimidado aún, observaba a la mujer de grís. Aún no le había dicho su nombre así que interiormente, seguía llamándola así. Tenía la mirada profunda y clara, llena de leyendas y cuentos, de hechizos y magia por revelar. Soñaba con ella y las pocas veces que la había rozado sus manos temblaban agitadas por un respeto absolutamente reverencial. Sentía alfileres en la piel cuando ella se alejaba o cuando se acercaba demasiado. Sus manos eran pequeñas y fuertes, suaves, a pesar de todo, y cálidas, sobre todo, cálidas. A veces, pensaba, suceden cosas que uno sabe que es inevitable que pasen, y hasta que no lo hacen, no consigue comprender el camino que ha recorrido. Pero, de repente, las piezas empiezan lentamente a colocarse en su sitio, hasta tener la visión completa de una existencia pasada, presente y futura, como quien observa un atardecer sabiendo que tras la noche vuelve el día de forma irremediable.
Se acariciaba las cicatrices allí donde estuvieron las heridas. Le gustaba sentirlas, le recordaban quién era y porqué estaba ahí. En una esquina crecía una flor amarilla. Pequeña, pero entusiasta. Entre tanto polvo y oscuridad destacaba como una vela encendida. Se sentía extrañamante dichoso. No necesitaba más que lo que su vista alcanzaba a enseñarle. Algo que latía dentro de él desde siempre se estaba transformando en una preciosa rutina. La niña corría a su alrededor y se abalanzaba sobre él para que la subiera a hombros. Le daba tirones de la barba y le colocaba flores en el pelo sin parar de reír.
Cada vez que la mujer y él se miraban, temblaban por dentro, y descubrieron que los sueños, a veces, sin saber ni el cómo ni el porqué, se tornan en realidad.
Y entonces, inevitablemente, sonreía porque el mundo estaba en orden o en un caos precioso.
Cap. 4: Ya no hay monstruos bajo la cama.
La niña jugaba haciendo flotar un trozo de madera en un charco lleno de barro. Imaginaba que se subían en él y se alejaban de todo aquel olor a humo, fango, tierra mojada y vidas usadas. Parecía no ser plenamente consciente de lo que había sucedido pero en el fondo de sus ojos se adivinaba la verdad de la existencia. Que maravillosa contradicción, pensaba, y que hermoso descubrir la inocencia del nacimiento en aquellas pupilas inquietas que saltaban de un sitio a otro cuando se olvidaba de la tristeza que la recubría. Había momentos en que parecía tener 100 años y, otros, en que sólo era la niña que lo miraba pidiéndole que le contara historias tumbados al cobijo del fuego antes de dormir.
Con timidez, intimidado aún, observaba a la mujer de grís. Aún no le había dicho su nombre así que interiormente, seguía llamándola así. Tenía la mirada profunda y clara, llena de leyendas y cuentos, de hechizos y magia por revelar. Soñaba con ella y las pocas veces que la había rozado sus manos temblaban agitadas por un respeto absolutamente reverencial. Sentía alfileres en la piel cuando ella se alejaba o cuando se acercaba demasiado. Sus manos eran pequeñas y fuertes, suaves, a pesar de todo, y cálidas, sobre todo, cálidas. A veces, pensaba, suceden cosas que uno sabe que es inevitable que pasen, y hasta que no lo hacen, no consigue comprender el camino que ha recorrido. Pero, de repente, las piezas empiezan lentamente a colocarse en su sitio, hasta tener la visión completa de una existencia pasada, presente y futura, como quien observa un atardecer sabiendo que tras la noche vuelve el día de forma irremediable.
Se acariciaba las cicatrices allí donde estuvieron las heridas. Le gustaba sentirlas, le recordaban quién era y porqué estaba ahí. En una esquina crecía una flor amarilla. Pequeña, pero entusiasta. Entre tanto polvo y oscuridad destacaba como una vela encendida. Se sentía extrañamante dichoso. No necesitaba más que lo que su vista alcanzaba a enseñarle. Algo que latía dentro de él desde siempre se estaba transformando en una preciosa rutina. La niña corría a su alrededor y se abalanzaba sobre él para que la subiera a hombros. Le daba tirones de la barba y le colocaba flores en el pelo sin parar de reír. Cada vez que la mujer y él se miraban, temblaban por dentro, y descubrieron que los sueños, a veces, sin saber ni el cómo ni el porqué, se tornan en realidad.
Y entonces, inevitablemente, sonreía porque el mundo estaba en orden o en un caos precioso.
Cap. 4: Ya no hay monstruos bajo la cama.
miércoles, 9 de noviembre de 2016
Yo soy vosotros
Había vuelto con más fuerza que nunca, con la piel intacta, acorazada, y con los huesos quebradizos y crujientes. Algo en su boca temblaba como si le atemorizara salir, pero lograba controlarlo justo antes de pronunciarlo. Sus ojos bailaban saltando de un lugar a otro, inquietos, parpadeando como alas de colibrí impidiendo saber a ciencia cierta si estaban abiertos para mirar o si tenía la capacidad de ver con ellos cerrados. Cerró la puerta a su espalda y se asomó directamente a la ventana dibujando lugares mágicos inexplorados pero que ambos conocían desde antes de encontrarse y encontrarlos.
A veces, tengo miedo, se decían.
Y se giraban entonces para mirar en la misma dirección y sentían que alguien sonreía. Una niña pequeña se abrazaba a ellos, apretando la cara contra los muslos de ambos. Una lágrima violeta les recorría las piernas con tal intensidad que su calor traspasaba la carne y les tocaba la piel. Incluso notaban su sabor salado en la punta de la lengua. Tenía la cara traviesa, con una sonrisa eterna y desafiante, el pelo negro, revuelto y medio ensortijado que hacía juego con una piel morena que recordaba y olía a pan tostado los domingos por la mañana. Se subió a sus hombros y saltaron por la ventana envueltos en un torbellino de luces de colores. La niña reía sin parar contagiándolos, haciéndoles recordar que vivir es tener 5 años en cada momento. Aterrizaron en un colchón de nieve sobre el que caminaron descalzos, sumergiéndose en ella y buceando descubriendo nuevos caminos.
Cuando abrieron los ojos no podían apartar la mirada. La niña se había ido dejándoles un abrazo marcado alrededor de ellos, en sus piernas, sus hombros, sus manos...allí donde les había rozado, su presencia había quedado tatuada para siempre. "Estoy aquí, yo os he traído al mundo a través de un viaje que estaba escondido en el baúl secreto de los sueños. Ya está abierto, vivid y soñad.....Hay historias y momentos inexplicables, historias que dibujamos en nuestra imaginación con la fuerza y el calor de 10.000 soles, volando a través de sus rayos, dibujando caminos y coloreando el horizonte con ellos. Nunca olvidéis lo que sois...y si lo hacéis, cerrad los ojos y yo os hablaré al oído. Cuando sonríais sin motivo, cuando sintáis una descarga que os hace flotar....ahí estoy yo. Y yo, soy vosotros."
A veces, tengo miedo, se decían.
Y se giraban entonces para mirar en la misma dirección y sentían que alguien sonreía. Una niña pequeña se abrazaba a ellos, apretando la cara contra los muslos de ambos. Una lágrima violeta les recorría las piernas con tal intensidad que su calor traspasaba la carne y les tocaba la piel. Incluso notaban su sabor salado en la punta de la lengua. Tenía la cara traviesa, con una sonrisa eterna y desafiante, el pelo negro, revuelto y medio ensortijado que hacía juego con una piel morena que recordaba y olía a pan tostado los domingos por la mañana. Se subió a sus hombros y saltaron por la ventana envueltos en un torbellino de luces de colores. La niña reía sin parar contagiándolos, haciéndoles recordar que vivir es tener 5 años en cada momento. Aterrizaron en un colchón de nieve sobre el que caminaron descalzos, sumergiéndose en ella y buceando descubriendo nuevos caminos. Cuando abrieron los ojos no podían apartar la mirada. La niña se había ido dejándoles un abrazo marcado alrededor de ellos, en sus piernas, sus hombros, sus manos...allí donde les había rozado, su presencia había quedado tatuada para siempre. "Estoy aquí, yo os he traído al mundo a través de un viaje que estaba escondido en el baúl secreto de los sueños. Ya está abierto, vivid y soñad.....Hay historias y momentos inexplicables, historias que dibujamos en nuestra imaginación con la fuerza y el calor de 10.000 soles, volando a través de sus rayos, dibujando caminos y coloreando el horizonte con ellos. Nunca olvidéis lo que sois...y si lo hacéis, cerrad los ojos y yo os hablaré al oído. Cuando sonríais sin motivo, cuando sintáis una descarga que os hace flotar....ahí estoy yo. Y yo, soy vosotros."
lunes, 7 de noviembre de 2016
Yo soy la puerta que nadie puede cerrar
Allí quedó mirando el hueco que ocupaba su sombra en el suelo sólo unos segundos antes, resonando en sus oídos el nervioso sonido de sus pisadas. Inmóvil, no supo ni pudo ni quiso reaccionar. Sus ojos se clavaron en la madera del portón, ahora cerrado , con tal intensidad que parecía arrancarle virutas con cada parpadeo. Poco a poco, volvió a sentir su respiración, el subir y bajar de su pecho y la humedad de alguna lágrima que ,inconsciente, había resbalado hasta la barbilla. Sonrió, con la burla de la desesperación, de la duda, de la rabia, del miedo, del pasado, del futuro y de un enorme puñado de preguntas que se agolpaban en su garganta sin ser capaces de tomar forma y hacerse palabras.
Apagó las velas y se quedó a oscuras, abrazándose con la cara apoyada en sus propias rodillas. Vio amanecer desde su esquina. Vio al cielo desperezarse mientras las últimas estrellas, las más remolonas, seguían resistiéndose a no hacerle compañía.
El sueño venció la batalla y durante unas horas su mente se apagó. Viajó en sueños por todo el tiempo que habían compartido, los sueños imaginados, las promesas hechas y las ilusiones pendientes. Despertó tiritando y con todo el cuerpo bañado en sudor.
Notaba la ausencia y el dolor en cada célula del cuerpo. Cada latido del corazón era un martillazo que hacía temblar las costillas. La sangre recorría sus venas como si buscara una vía de escape así fuera reventándolas para no sentir más y recorrer el mundo sin más límites que la propia vida.
Un golpe en la puerta le hizo recobrar la conciencia de donde estaba. Con la orientación aturdida aún, no supo donde dirigirse hasta que varios golpes más terminaron por hacerle comprender lo que sucedía. Su cabeza seguía dando vueltas y sus pies se mostraban torpes, incluso cobardes, en cada paso que intentaba dar para acercarse.
La luz se apagó súbitamente. Comenzó a llover y el cielo se oscureció como si la noche hubiese retado al sol y lo hubiera vencido. Miró por la ventana desde donde se encontraba y no pudo distinguir más que el agua que resbalaba por el cristal arrastrando polvo, arena y restos de antiguas heridas. Quien quiera que fuese no paraba de golpear la puerta, primero tímidamente, ahora más enérgicamente, con la urgencia, quizás, de escapar de la oscuridad y buscar resguardo del repentino aguacero.¡Entra ya!- gritó su voz. Siempre ha estado abierta para ti. Sólo tienes que cruzarla.
Cap. 6: Ya no hay monstruos bajo la cama.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
La mujer de grís.
Hay instantes que duran lo que duran 10.000 vidas. Durante los tres segundos que tardó en pronunciar esas palabras, su mente rescató recuerdos que desconocía haber vivido entremezclándose con otros que siempre le habían desconcertado. Eran pellizcos en la boca del estómago, poemas desgarrados, intentos de suicidio, haber sido absorbido por las aguas de un río transformado en un remolino irrefrenable que le encharcaba los pulmones y le hinchaba la piel hasta reventarla e incluso heridas abiertos en los costados del pecho sin que nada lo rozara....También eran hijos paridos, haber sido asaltado y muerto en los caminos y la culpabilidad por no haber vuelto, ver flores y llantos a través de la losa de una tumba, el sentimiento de una traición de hermanos y haber luchado contra monstruos propios y ajenos desde el principio de sus días. También unos ojos, unas manos, unas lágrimas y un vínculo sellado con las entrañas, allá donde no hay más que lo que somos, despojados de todo artificio y de todo miedo.
Recordaba una ciudad derruída, devastada, atravesada por ríos sin profundidad que arrastraban el agua de los depósitos y restos carbonizados coloreados por el rojo de la sangre derramada. Recuerda a una mujer saliendo a duras penas entre los restos de piedra agarrando la mano de una niña pequeña. Sus ojos eran redondos y grandes, profundos, oscuros, de los que se clavan hasta el último recodo del alma, en las vísceras, en la mente y en el cuerpo. De los que te enseñan que, en ocasiones, somos de cristal y alguien nos lee hasta el último átomo de oxígeno que acabamos de respirar. Se vio parado contemplándola, incapaz de moverse, como si sus pies se hubieran convertido en plomo y todas sus fuerzas se hubieran evaporado al calor del fuego. Fueron sólo segundos en los que perdió la noción del tiempo, de sí mismo, de los que lo rodeaban. En los que dejó de sentir la tierra, el fango y la sangre que lamían sus pies, las gotas de sudor cargadas de polvo que se metían en sus ojos entrecerrados y la lluvia que había vuelto a caer de repente como si mantuviera la ilusión de ser capaz de limpiar aquella pobredumbre.
Fueron segundos en los que no fue capaz de percibir el cambio de hombres de honor a depredadores en aquellos que lo acompañaban. Fueron sólo segundos pero fue suficiente para tener que correr como alma que lleva el diablo para interponerse entre ellos y aquella mujer vestida de gris con una niña pequeña que apretaba su manita a la de ella. Tiró de espada, de puños y gritos, de apelaciones y lágrimas, de toda la rabia acumulada y de la desesperación reflejada en sus caras. Se plantó entre ellos sintiendo la mirada de la mujer y de la niña, desafiante la primera, tranquila y en calma la segunda, como si conociera de antemano el desenlace de aquel envite.
Con la esperanza ya perdida intentó hacerlos retroceder, recordándoles quienes eran, el valor de los juramentos que habían prestado y la enseña que portaban en el pecho. Sonrieron con los ojos inyectados en sangre y se abalanzaron sobre él. Sintiéndose en paz, cerró los ojos y todo su cuerpo se tensó. Moriría bien, luchando por aquello que amaba y con la ilusión satisfecha de haber encontrado aquellos ojos que le habían acompañado desde el primer día de su vida. Relajó las piernas, juntó las manos y con un rápido movimiento inició la lucha. Una lucha desigual contra tres, era una forma honrosa de morir cuando le llegara su hora. Pero la mirada que sentía clavarse en su espalda le decía que esa no había llegado aún. Se cruzaron espadas, cuchillos y golpes....saltaron dientes, salpicó la sangre que terminó chupando la tierra, ávida de vida y muerte, llegaron gritos, lamentos, crujir de huesos, lágrimas y algún cuerpo cayó al suelo, para incorporarse y continuar la lucha hasta que no quedara aliento en ninguno de ellos.
Despertó al día siguiente notando el calor de la sangre en los costados, la cara deformada y alguna costilla rota que hacía que cada respiración se transformara en un nuevo infierno. Lentamente abrió un ojo y vio a la niña sonriéndole sentada a sus pies. Estaba viva y sin daño aparente. Respiró profundamente, aliviado, y sintió como si una flecha acabara de atravesarle el pecho. Inquieto, buscó a la mujer y no la vio. Angustiado, intentó incorporarse para encontrarla mientras notaba como su cuerpo se resquebrajaba. Una voz firme lo paró a tiempo..."Tranquilo, estamos bien. No debes moverte", "¿por qué has tardado tanto?, llevamos años esperándote....".
Y sonrió. Por fin las piezas del mundo empezaban a estar en su sitio.
Recordaba una ciudad derruída, devastada, atravesada por ríos sin profundidad que arrastraban el agua de los depósitos y restos carbonizados coloreados por el rojo de la sangre derramada. Recuerda a una mujer saliendo a duras penas entre los restos de piedra agarrando la mano de una niña pequeña. Sus ojos eran redondos y grandes, profundos, oscuros, de los que se clavan hasta el último recodo del alma, en las vísceras, en la mente y en el cuerpo. De los que te enseñan que, en ocasiones, somos de cristal y alguien nos lee hasta el último átomo de oxígeno que acabamos de respirar. Se vio parado contemplándola, incapaz de moverse, como si sus pies se hubieran convertido en plomo y todas sus fuerzas se hubieran evaporado al calor del fuego. Fueron sólo segundos en los que perdió la noción del tiempo, de sí mismo, de los que lo rodeaban. En los que dejó de sentir la tierra, el fango y la sangre que lamían sus pies, las gotas de sudor cargadas de polvo que se metían en sus ojos entrecerrados y la lluvia que había vuelto a caer de repente como si mantuviera la ilusión de ser capaz de limpiar aquella pobredumbre.
Fueron segundos en los que no fue capaz de percibir el cambio de hombres de honor a depredadores en aquellos que lo acompañaban. Fueron sólo segundos pero fue suficiente para tener que correr como alma que lleva el diablo para interponerse entre ellos y aquella mujer vestida de gris con una niña pequeña que apretaba su manita a la de ella. Tiró de espada, de puños y gritos, de apelaciones y lágrimas, de toda la rabia acumulada y de la desesperación reflejada en sus caras. Se plantó entre ellos sintiendo la mirada de la mujer y de la niña, desafiante la primera, tranquila y en calma la segunda, como si conociera de antemano el desenlace de aquel envite.
Con la esperanza ya perdida intentó hacerlos retroceder, recordándoles quienes eran, el valor de los juramentos que habían prestado y la enseña que portaban en el pecho. Sonrieron con los ojos inyectados en sangre y se abalanzaron sobre él. Sintiéndose en paz, cerró los ojos y todo su cuerpo se tensó. Moriría bien, luchando por aquello que amaba y con la ilusión satisfecha de haber encontrado aquellos ojos que le habían acompañado desde el primer día de su vida. Relajó las piernas, juntó las manos y con un rápido movimiento inició la lucha. Una lucha desigual contra tres, era una forma honrosa de morir cuando le llegara su hora. Pero la mirada que sentía clavarse en su espalda le decía que esa no había llegado aún. Se cruzaron espadas, cuchillos y golpes....saltaron dientes, salpicó la sangre que terminó chupando la tierra, ávida de vida y muerte, llegaron gritos, lamentos, crujir de huesos, lágrimas y algún cuerpo cayó al suelo, para incorporarse y continuar la lucha hasta que no quedara aliento en ninguno de ellos.Despertó al día siguiente notando el calor de la sangre en los costados, la cara deformada y alguna costilla rota que hacía que cada respiración se transformara en un nuevo infierno. Lentamente abrió un ojo y vio a la niña sonriéndole sentada a sus pies. Estaba viva y sin daño aparente. Respiró profundamente, aliviado, y sintió como si una flecha acabara de atravesarle el pecho. Inquieto, buscó a la mujer y no la vio. Angustiado, intentó incorporarse para encontrarla mientras notaba como su cuerpo se resquebrajaba. Una voz firme lo paró a tiempo..."Tranquilo, estamos bien. No debes moverte", "¿por qué has tardado tanto?, llevamos años esperándote....".
Y sonrió. Por fin las piezas del mundo empezaban a estar en su sitio.
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