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lunes, 14 de noviembre de 2016

Siempre volveré

Siempre volveré. Esa frase se clavaba en el centro de su garganta sin llegar a pronunciarla.

La niña jugaba haciendo flotar un trozo de madera en un charco lleno de barro. Imaginaba que se subían en él y se alejaban de todo aquel olor a humo, fango, tierra mojada y vidas usadas. Parecía no ser plenamente consciente de lo que había sucedido pero en el fondo de sus ojos se adivinaba la verdad de la existencia. Que maravillosa contradicción, pensaba, y que hermoso descubrir la inocencia del nacimiento en aquellas pupilas inquietas que saltaban de un sitio a otro cuando se olvidaba de la tristeza que la recubría. Había momentos en que parecía tener 100 años y, otros, en que sólo era la niña que lo miraba pidiéndole que le contara historias tumbados al cobijo del fuego antes de dormir.

Con timidez, intimidado aún, observaba a la mujer de grís. Aún no le había dicho su nombre así que interiormente, seguía llamándola así.  Tenía la mirada profunda y clara, llena de leyendas y cuentos, de hechizos y magia por revelar. Soñaba con ella y las pocas veces que la había rozado sus manos temblaban agitadas por un respeto absolutamente reverencial. Sentía alfileres en la piel cuando ella se alejaba o cuando se acercaba demasiado. Sus manos eran pequeñas y fuertes, suaves, a pesar de todo, y cálidas, sobre todo, cálidas. A veces, pensaba, suceden cosas que uno sabe que es inevitable que pasen, y hasta que no lo hacen, no consigue comprender el camino que ha recorrido. Pero, de repente, las piezas empiezan lentamente a colocarse en su sitio, hasta tener la visión completa de una existencia pasada, presente y futura, como quien observa un atardecer sabiendo que tras la noche vuelve el día de forma irremediable.

Se acariciaba las cicatrices allí donde estuvieron las heridas. Le gustaba sentirlas, le recordaban quién era y porqué estaba ahí. En una esquina crecía una flor amarilla. Pequeña, pero entusiasta. Entre tanto polvo y oscuridad destacaba como una vela encendida. Se sentía extrañamante dichoso. No necesitaba más que lo que su vista alcanzaba a enseñarle. Algo que latía dentro de él desde siempre se estaba transformando en una preciosa rutina. La niña corría a su alrededor y se abalanzaba sobre él para que la subiera a hombros. Le daba tirones de la barba y le colocaba flores en el pelo sin parar de reír. 
Cada vez que la mujer y él se miraban, temblaban por dentro, y descubrieron que los sueños, a veces, sin saber ni el cómo ni el porqué, se tornan en realidad.

Y entonces, inevitablemente, sonreía porque el mundo estaba en orden o en un caos precioso.

 Cap. 4: Ya no hay monstruos bajo la cama.

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