Allí quedó mirando el hueco que ocupaba su sombra en el suelo sólo unos segundos antes, resonando en sus oídos el nervioso sonido de sus pisadas. Inmóvil, no supo ni pudo ni quiso reaccionar. Sus ojos se clavaron en la madera del portón, ahora cerrado , con tal intensidad que parecía arrancarle virutas con cada parpadeo. Poco a poco, volvió a sentir su respiración, el subir y bajar de su pecho y la humedad de alguna lágrima que ,inconsciente, había resbalado hasta la barbilla. Sonrió, con la burla de la desesperación, de la duda, de la rabia, del miedo, del pasado, del futuro y de un enorme puñado de preguntas que se agolpaban en su garganta sin ser capaces de tomar forma y hacerse palabras.
Apagó las velas y se quedó a oscuras, abrazándose con la cara apoyada en sus propias rodillas. Vio amanecer desde su esquina. Vio al cielo desperezarse mientras las últimas estrellas, las más remolonas, seguían resistiéndose a no hacerle compañía.
El sueño venció la batalla y durante unas horas su mente se apagó. Viajó en sueños por todo el tiempo que habían compartido, los sueños imaginados, las promesas hechas y las ilusiones pendientes. Despertó tiritando y con todo el cuerpo bañado en sudor.
Notaba la ausencia y el dolor en cada célula del cuerpo. Cada latido del corazón era un martillazo que hacía temblar las costillas. La sangre recorría sus venas como si buscara una vía de escape así fuera reventándolas para no sentir más y recorrer el mundo sin más límites que la propia vida.
Un golpe en la puerta le hizo recobrar la conciencia de donde estaba. Con la orientación aturdida aún, no supo donde dirigirse hasta que varios golpes más terminaron por hacerle comprender lo que sucedía. Su cabeza seguía dando vueltas y sus pies se mostraban torpes, incluso cobardes, en cada paso que intentaba dar para acercarse.
La luz se apagó súbitamente. Comenzó a llover y el cielo se oscureció como si la noche hubiese retado al sol y lo hubiera vencido. Miró por la ventana desde donde se encontraba y no pudo distinguir más que el agua que resbalaba por el cristal arrastrando polvo, arena y restos de antiguas heridas. Quien quiera que fuese no paraba de golpear la puerta, primero tímidamente, ahora más enérgicamente, con la urgencia, quizás, de escapar de la oscuridad y buscar resguardo del repentino aguacero.¡Entra ya!- gritó su voz. Siempre ha estado abierta para ti. Sólo tienes que cruzarla.
Cap. 6: Ya no hay monstruos bajo la cama.
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