Recordaba una ciudad derruída, devastada, atravesada por ríos sin profundidad que arrastraban el agua de los depósitos y restos carbonizados coloreados por el rojo de la sangre derramada. Recuerda a una mujer saliendo a duras penas entre los restos de piedra agarrando la mano de una niña pequeña. Sus ojos eran redondos y grandes, profundos, oscuros, de los que se clavan hasta el último recodo del alma, en las vísceras, en la mente y en el cuerpo. De los que te enseñan que, en ocasiones, somos de cristal y alguien nos lee hasta el último átomo de oxígeno que acabamos de respirar. Se vio parado contemplándola, incapaz de moverse, como si sus pies se hubieran convertido en plomo y todas sus fuerzas se hubieran evaporado al calor del fuego. Fueron sólo segundos en los que perdió la noción del tiempo, de sí mismo, de los que lo rodeaban. En los que dejó de sentir la tierra, el fango y la sangre que lamían sus pies, las gotas de sudor cargadas de polvo que se metían en sus ojos entrecerrados y la lluvia que había vuelto a caer de repente como si mantuviera la ilusión de ser capaz de limpiar aquella pobredumbre.
Fueron segundos en los que no fue capaz de percibir el cambio de hombres de honor a depredadores en aquellos que lo acompañaban. Fueron sólo segundos pero fue suficiente para tener que correr como alma que lleva el diablo para interponerse entre ellos y aquella mujer vestida de gris con una niña pequeña que apretaba su manita a la de ella. Tiró de espada, de puños y gritos, de apelaciones y lágrimas, de toda la rabia acumulada y de la desesperación reflejada en sus caras. Se plantó entre ellos sintiendo la mirada de la mujer y de la niña, desafiante la primera, tranquila y en calma la segunda, como si conociera de antemano el desenlace de aquel envite.
Con la esperanza ya perdida intentó hacerlos retroceder, recordándoles quienes eran, el valor de los juramentos que habían prestado y la enseña que portaban en el pecho. Sonrieron con los ojos inyectados en sangre y se abalanzaron sobre él. Sintiéndose en paz, cerró los ojos y todo su cuerpo se tensó. Moriría bien, luchando por aquello que amaba y con la ilusión satisfecha de haber encontrado aquellos ojos que le habían acompañado desde el primer día de su vida. Relajó las piernas, juntó las manos y con un rápido movimiento inició la lucha. Una lucha desigual contra tres, era una forma honrosa de morir cuando le llegara su hora. Pero la mirada que sentía clavarse en su espalda le decía que esa no había llegado aún. Se cruzaron espadas, cuchillos y golpes....saltaron dientes, salpicó la sangre que terminó chupando la tierra, ávida de vida y muerte, llegaron gritos, lamentos, crujir de huesos, lágrimas y algún cuerpo cayó al suelo, para incorporarse y continuar la lucha hasta que no quedara aliento en ninguno de ellos.Despertó al día siguiente notando el calor de la sangre en los costados, la cara deformada y alguna costilla rota que hacía que cada respiración se transformara en un nuevo infierno. Lentamente abrió un ojo y vio a la niña sonriéndole sentada a sus pies. Estaba viva y sin daño aparente. Respiró profundamente, aliviado, y sintió como si una flecha acabara de atravesarle el pecho. Inquieto, buscó a la mujer y no la vio. Angustiado, intentó incorporarse para encontrarla mientras notaba como su cuerpo se resquebrajaba. Una voz firme lo paró a tiempo..."Tranquilo, estamos bien. No debes moverte", "¿por qué has tardado tanto?, llevamos años esperándote....".
Y sonrió. Por fin las piezas del mundo empezaban a estar en su sitio.
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